martes, 23 de marzo de 2021

Los mundos de los niños

Mi sobrina M., que en breve hará 4 años, tiene un poco de lío entre la velocidad digital y la velocidad vital. Ha echado los dientes con la magia del móvil que te da lo que deseas en un segundo y sin rechistar. Los niños van saltando del mundo representado, irreal, tan expedito para satisfacer deseos de inmediato; al terreno de lo cotidiano con su realidad firme y terca en su resistencia al deseo. A veces trastoca el manual de instrucciones, pisa tierra con el chip digital encendido, y el tortazo no se hace esperar. 


El otro día, M. quería jugar con un pony en concreto, de los varios que tiene en la colección que comparte con su hermana pequeña, L. La acompañé hasta el bolso donde los tenía guardados. Mientras yo buscaba con gran parsimonia, ella hizo un barrido rápido con la mano y la mirada, y a una velocidad equivalente a dos clicks, empezó a perder los papeles, dando por supuesto que había perdido al pony. Yo miraba su pequeño y dulce rostro, que mostraba sucesivamente un poco de angustia, enojo, frustración; hasta llegar a la desesperación y el llanto. 


-¿Qué te pasa?, le pregunté.

-¡No está mi pony!, respondió entre sollozos. 


Le hice una caricia y le dije, con un tono sereno y una sonrisa, que no se preocupara tanto, que no lo había encontrado todavía porque la búsqueda aún no había terminado. Ella me aseguraba que no, como dando por supuesto que su búsqueda se había acabado y que del pony no había ni rastro. Me enterneció su certeza. Ella pensaba, con seguridad, que no había más exploración posible. Cuando se tranquilizó, le propuse buscar a mi manera, con calma. Incluso conseguí que se riera gritando como capitán de caballería arengando a su ejército: 


- ¿Cómo vamos a buscaaaar?

- ¡Con caaalmaaa!, gritaba ella entusiasmada con la misión. 


Así que fuimos sacando los juguetes del bolso, uno por uno, llamándolos por sus nombres, conforme salían de su pesebrera abolsada. Casi no quedaba nada dentro y, al final, apareció la bendita Applejack, tamaño microbio, en una esquina, medio escondida en un rincón de tela. M. la sacó y se puso eufórica. 


- ¡Mira tía Co! ¡Aquí está, no se perdió!

Yo celebré con ella y volví al juego de la caballería. 

- ¡A ver, M.! ¿Cómo la encontramos?

Silencio... me acerqué a su oído para chivarle lo que esperaba que respondiera: buscando, ¡con calma!

- ¡M.!, ¿cómo encontramos a Applejack?

- ¡Buscando con calma!

- ¿Cómo?

- ¡Buscando con calma!


Lo repetimos 5 o 6 veces, con cosquillas y carcajadas intercaladas, y volvimos a guardar la mini yeguada en su sitio. Poco después, vino L. (dos años y medio) y quiso incorporarse al juego. Quería a la princesa no sé qué. Y antes de que L. pudiese asomar las narices al bolso, saltó M. muy convencida: "a ver, L., no te peocupes, la vamos a encontas, buscando con caaaalma."


Si siempre ha sido importante educar a los niños en las virtudes, que son los músculos de la voluntad, ahora es todavía más urgente. Hay una competencia desleal entre los dos mundos en los que viven, el real y el tecnológico-digital. Los niños necesitan aprender a diferenciar cómo actuar en cada uno, sin mezclarlos. Es fácil rechazar lo que es arduo y requiere esfuerzo, que es casi todo lo que merece la pena en esta vida. M. no era consciente de que, jugando, estaba aprendiendo a ejercitar la paciencia y la perseverancia. Da igual que no sepa ponerles nombre como a los ponys. Lo importante es que sepa hacerlo y que lo haga constantemente hasta que se vuelva parte de su diminuta naturaleza en crecimiento. Necesitan contar con esas capacidades, cuanto antes, mejor.


Necesitan saber cómo se maneja la tecnología que tienen a la mano, pero, fundamentalmente, necesitan saber manejarse a sí mismos, poder disponer de sí y, en la misma medida, estar disponibles para los demás. Saber apreciar lo real con sus resistencias y dificultades, sin pedirle que funcione como una búsqueda en Youtube. Necesitan aceptar que la realidad se resiste y que eso no es un problema, sino un reto. Necesitan experimentar la satisfacción de conseguir lo que no está a su alcance con un movimiento de su dedo, sentir cómo protagonizan sus acciones y sus logros. No lo tienen fácil y, menos aún, los padres. La vida propone, a niños y adultos, entrar en el juego en el que yo me zambullí con M. Todo llega, todo se alcanza, siempre que valga la pena buscarlo: con calma. 

viernes, 19 de marzo de 2021

Enredada en las redes


La profusión de redes sociales exige una gran disciplina para no terminar en un enredo entre tiempo perdido y tiempo ganado, jerarquía de prioridades o caos. Personalmente, soy como el pescador novato, al que pone entre las cuerdas, su meritorio afán de pescar. Para evitarlo, trato de mantenerme a raya, poniéndoles cota de tiempo y hora del día. Me sale fatal y sigo enredándome. A pesar de los buenos propósitos; la tentación de las notificaciones, los debates apasionados, los artículos que escriben mis amigos (y otros grandes columnistas como ellos), me atrapan, sin que yo oponga mucha resistencia.
 

Ahora tomo distancia y veo lo absurdo del asunto. Publicar lo que se escribe, se ha vuelto lamentablemente corriente. Merece la pena ser un editor exigente consigo mismo y no publicar nada que resulte, a la larga, vulgar y ordinario. No hace falta insultar expresamente para insultar al lector inteligente. Basta con publicar cualquier cosa, sin pensarlo mucho, ni releerlo para evitar erratas y errores de bulto.


Es importante reconocer que, en las redes sociales, podemos caer en la ilusión de creernos tiburones, cuando –en realidad– somos un atún más en un banco de atunes. Por eso, sobretodo, es fundamental hacer oídos sordos al canto de sirena que entonan los móviles, atrayéndonos hacia una vida de esclavitud tecno-ilógica. Mejor escribir poco, si lo que escribimos está bien escrito y es bueno. Breve o extenso, si bueno, vale, aunque contradiga a Gracián. 


Y vuelvo al propósito, pero por otro motivo. Cambio de políticas en mi unipersonal editorial digital. Menos, es más: más calidad, aunque implique menos cantidad. Más tiempo para pensar y escribir con tiento y cariño. Publicar sólo lo que, dentro de mis limitaciones, pueda ser apreciado por mis lectores (no mis seguidores, que no son –necesariamente– quienes me leen). 


Desenredarse, en ambos sentidos, puede constituir una virtud específica en los tiempos que corren, y corren mucho. Darle su sitio al Κρόνος y al καιρός, es decir al implacable e imparable tic-tac, que vuelve pasado al futuro con tanta rapidez; y también al remanso del tiempo en pausa, que es el que cuenta para contar nuestra propia historia. De ahora en adelante, procuraré escabullirme de los pescadores, de los que pescan con red y de los que pescan con línea. 

viernes, 26 de febrero de 2021

Líber et libertas


Lo mejor de mi conferencia para mi ingreso formal en el Grupo América, hace ya algunos años, fue el coloquio. No suele ser lo habitual, pero como estábamos muy a gusto, el presidente accedió a que hubiese un turno de preguntas. Susana Cordero, Directora de la Academia de la Lengua (Ecuador), había tomado algunas notas durante la conferencia. Yo me había referido a la afinidad entre el latín liber y libertas. No hay entre ambos parentesco etimológico, pero sí una afinidad de sentido muy profunda. Años después, Luciano Canfora usaría ese dúo, libro y libertad para su ensayo publicado en español en 2017 por la Editorial Siruela. 

Los buenos libros nos liberan: de la abrumadora practicidad del presente y sus circunstancias, del espacio y el tiempo en que vivimos, de los límites para poder conocer a más personas y personalidades. Los libros nos proporcionan el billete para un viaje a otras épocas, a otras situaciones -a veces tan parecidas a las nuestras- desde una mirada diferente. Nos presentan interlocutores interesantísimos con los que se puede extender el diálogo interior por tiempo indefinido.


Susana, sin embargo, preguntaba por la relación entre el libro y la libertad, pero desde el punto de vista de la creación. Su pregunta (no es literal): ¿Cómo se gana libertad cuando escribes, cuando creas? Me quedé un momento pensando en la respuesta. Todavía sigo dándole vueltas. Es una pregunta profunda. Lo que me vino a la mente en ese momento, lo sigo sosteniendo y procuro ampliarlo. 

Cuando hay cierta sensibilidad ante la Belleza, hay momentos de epifanías concretas. Puede ser algo vivido en primera persona, o contemplado en otros lugares, en otras personas, en ciertas situaciones. Entonces, la Belleza se concreta y te invita a procurar decirlo. Quedas atrapado por ese glance momentáneo, capturado por él para a su vez liberarlo del espacio reducido de tu personal experiencia. Y como no hay libertad sin lucha, empieza la pelea denodada, con las palabras en mi caso, para intentar llevar esa experiencia a otra nueva concreción. 

El reto está en no traicionar la grandeza de aquello que se ha visto, en no traicionar lo bello, en ser un mensajero fiel. No siempre se consigue. Pero cuando sucede, cuando un poema refleja algo de esa grandeza a pesar de las limitaciones propias y del lenguaje, entonces se experimenta una liberación y una alegría que no se compara con casi ninguna otra experiencia humana. 

Por una vez, cuando sucede, la necesidad de compartir algo grande, más o menos se consigue. Se ha transformado en algo tangible, realizado en el lenguaje, destemporalizado por la escritura. Allí, justo allí, se abraza la libertad de la creación. Cuando tienes la gracia, en todos los sentidos, de contemplar y hacer posible la contemplación. Aunque sea de una parte pequeñísima de la belleza intrínseca de la vida, incluso cuando la belleza duele. 

viernes, 19 de febrero de 2021

Una pluma y un amigo


Tengo una pluma nueva, barata y azul, de punto medio. La última que tuve se me perdió en la mudanza. Echaba de menos escribir con pluma, el ritual de rellenar el cartucho con tinta, esa sensación diferente que hace que los trazos sean más míos, según va dando de sí el plumín hasta acoplarse a mi pulso. Hace ilusión estrenar cosas nuevas. Pero, no hay nada como sentirlas ya tuyas, un poco envejecidas, sin resistencias. Como dice un aforismo de Enrique García-Máiquez: "Los objetos también se domestican."


Son esos objetos y lugares con las que nos sentimos como con las viejas amistades. Esos amigos con quienes no hace falta acomodarse y discernir prolijamente qué decir o qué hacer. Con ellos basta juntarse y todo lo demás se acomoda al nosotros. De esas amistades hay pocas. Y qué pena cuando, como la pluma, se pierden en una mudanza de carácter o de circunstancias. Y por otra parte, qué bueno; porque las personas no se domestican, no sin dañarlas. Se conocen, se acompañan, se aceptan y se quieren. Y, en todo caso, a través de la amistad, se domestica el carácter de cada uno, libremente. Cada uno lo hace consigo mismo, para estar a la altura del otro. Aquel refrán, uno poco gastado que dice que "quien tiene un amigo, tiene un tesoro", se podría interpretar desde esta perspectiva. Sí, es un tesoro,  y esas grandes amistades han contribuido, sin duda, a pulir el diamante en bruto. 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ya casi...

Quién no pronuncia esta frase a diario o, por lo menos, con mucha frecuencia. Ya... casi cierro el contrato, ya casi está la comida, ya casi he terminado, ya casi llego, ya casi la he olvidado, ya casi soy feliz. Se podría decir que este estado de inconclusión permanente, en algún aspecto de la vida, paradójicamente nos define. Es decir, estamos determinados a estar indeterminados. Las acciones que realizamos en el tiempo viven mientras dure el "casi". Nuestra vida se mantiene mientras dure el "casi". 

Esto puede causarnos, a veces, cierto malestar. Porque, no sé qué espíritu de nuestro tiempo, nos aprieta y nos mete prisa por terminar, por cerrar, por acabar lo que sea, como sea. Y, sí,  también, los plazos están para cumplirlos, benditos ellos.  No se trata de dilatar innecesariamente tareas, decisiones y, lamentablemente, tampoco las vacaciones. Todo tiene su cajoncito en el tiempo, que se abre y se cierra.

Yo agradezco esa posibilidad de estar en el casi. Primero, porque quiere decir que la parca todavía no me ha llevado.  Y segundo, porque eso me permite aspirar a ser mejor, a estirarme un poco y saber que, si experimento el "casi" como oportunidad, cada día puedo ir un poco más allá, sin frustraciones. 

Las acciones puntuales empiezan y acaban, y continúan sucediéndose en ese juego del principio y el final. En cambio, la tarea del perfeccionamiento humano, lo abarca todo, lo mezcla y lo aglutina durante cada día con sus noches. Y el casi, puede ser una ayuda para no desanimarse en ese afán de crecer. Porque –sabemos de antemano– que no alcanzaremos la meta, y no por renunciamos al avance. Hoy casi... Si todos los días vivimos con esa hermosa tensión del que no deja de saltar, para llegar cada vez más alto y más lejos; casi... habremos alcanzado la sabiduría. 

domingo, 14 de febrero de 2021

Qué pinta aquí Valentín, el santo


Celebrar San Valentín, como el gran día del amor y la amistad, me produce cierto rechazo. Será porque mi convicción acerca de la celebración cotidiana que requieren ambos, hace que lo vea con cierta sospecha. Hoy, además, me di cuenta de que no sabía nada acerca del santo, de su historia y, por qué, en algún momento, se le adscribió este patronazgo. 

Resulta que, para empezar, no se sabe si el santo, efectivamente existió. La primera en la frente. Se supone que fue uno de los tres mártires ejecutados por, no se sabe si, el Emperador romano, Claudio II, o su sucesor, Aureliano, alrededor del año 270 d.C. San Valentín habría sido un obispo que casaba, en la clandestinidad (cosa que ya tiene su toque de romanticismo), a los soldados romanos. En la época, un soldado se casaba con las armas de Roma y no más. El amor humano se consideraba un estorbo y, el matrimonio, traición. 

De ahí que Valentín, valientemente, daba a los soldados (doblemente valientes, por ser soldados y por optar por el matrimonio), la posibilidad de formar una familia, saltándose la ley –nunca mejor dicho– alegremente. Al parecer, se llegó a conocer lo que Valentín hacía por los enamorados militantes que, por militares, estaban condenados a privarse de mujer e hijos y lo apresaron. Lo acusaron de ser cómplice de incumplir los mandatos del emperador y de profesar la fe cristiana. Se supone que lo ejecutaron un 14 de febrero, después de negarse a renunciar al cristianismo. 

En 1969 se retiró a San Valentín del santoral, pero, para entonces, ya la fiesta se había secularizado y siguió celebrándose al margen del bueno de Valentín de Recia, tal como se celebra hoy. Después de conocer la historia, pienso que más que el patrón de los enamorados, le pega más serlo de los casados por convicción, los partidarios del yo contigo para siempre, incluso si las circunstancias lo ponen muy difícil. Yo, por lo que he visto, el matrimonio es una institución maravillosa, pero que requiere no poca valentía y perseverancia, ambas hijas directas de la virtud de la fortaleza.  

Así que, aunque ya no esté en el santoral,  yo ya veo la fiesta con otros ojos. Que sea el patrono de los que se enamoran, con el compromiso de llegar juntos mucho más allá del enamoramiento, me parece fantástico. Y en los tiempos que corren, este santo tiene mucho trabajo, más que casando parejas, intercediendo porque se mantengan así, fieles a su compromiso y luchando, como aquellos soldados, por ahondar en el amor conyugal, en el valor de la familia y la alegría que emana de un hogar, en el que la brasa nunca se apaga. 

De modo que, con estos matices, ¡feliz día de San Valentín a todos!


viernes, 12 de febrero de 2021

Mentiras, pero de las buenas

 

Leía en estos días a McEwan, En las nubes. He pasado muy buenos ratos dejando que me engañe. La literatura es la cara amable de la "mentira"; ese juego de engaños entre el escritor y su imaginación al que, luego, se une entusiasmado el lector. Ambos comparten un mundo de mentiras que, al menos durante un tiempo, les acerca.  Quizá esa sea la gran diferencia entre las mentiras malas y las buenas. Las malas rompen la posibilidad de compartir y siempre,  separan y dividen, sin excepción. 

Esa clase peculiar de mentiras, las ficciones, que nos ofrecen las buenas historias, unen de muchas maneras. Nos unen a la comunidad de lectores, nos unen a la vida -que es, según Aritóteles– la base de la poética, porque las mejores historias son las que imitan la vida de manera verosímil. Nos unen a nosotros mismos, con nuestras luces y sombras, esas que resaltan en una lectura, –porque nos identificamos con personajes, situaciones o acciones– que nos hacen cosquillas o nos aguijonean. Vamos andando, en paralelo por el curso de la trama y por el curso de la vida, hasta que se cruzan y se entrecruzan, haciendo más ancho el camino por el que discurren nuestras andaduras. 

Stephen King lo resume en un frase redonda: "La ficción es la verdad, dentro de la mentira". La ficción nos propone un juego que empieza como muchos juegos de niños: vamos a imaginarnos que... Al abrir un libro, nos disponemos a imaginarnos que, el mundo en que me introduciré, es verdadero. Y a partir de allí, nuestra experiencia de vida se alarga, se ensancha, se hace más profunda y se hace más rica en perspectivas y experiencias imprevistas. 

La única situación en la que somos felices de que nos engañen, es cuando nos miente un buen escritor, con la verdad de sus ficciones.