sábado, 9 de octubre de 2010
Imagine...
viernes, 18 de junio de 2010
Sorpresas
Para el tren y sube un mendigo. Camina con su bastón y su gorra mirando a los viajeros, por si alguno se compadece de su aspecto famélico y le echa unas monedas a la gorra. Todos miran hacia otro lado, salvo el tipo de los tatuajes. Deja a un lado su juego y se le cambia la cara. Mete la mano en el bolsillo y saca unas monedas. Se acerca al mendigo y se las deja en la gorra despacio, mirándole a los ojos. Me quedo pensativa. Cómo me alegro cuando la vida contradice la majadería esa de "piensa mal y acertarás". El mendigo se llevó algunas monedas y una mirada digna del tipo más bondadoso que viajaba en el vagón.
jueves, 26 de marzo de 2009
Contradicciones

Hace poco leía en una entrevista a Alejandro Llano una afirmación que tendríamos que tomar en serio. “Para salir de una crisis como la actual, es preciso tener ideas claras y saber hacerlas operativas, sin miedo a una polémica abierta.” Basta ver los foros de los periódicos on-line, las evasivas de los políticos, y el sesgo de pensamiento único que imponen los medios en temas controvertidos para darse cuenta que lo de la apertura, ya será menos. Las cuestiones que debieran ser objeto de debate público son precisamente las que por todos los medios se intenta que no se discutan. Tanta democracia, pero mira, los argumentos quedan tímidamente relegados por el silencio de los medios, el silencio de la sociedad civil y el ruido ensordecedor que montan los que tienen la sartén por el mango.
Como dice Llano, en el caso de la misteriosa ley del aborto, no se trata sólo de un atentado contra la vida, sino contra la lógica. Si a la vez mantenemos que un embrión es jurídicamente protegible y a la vez establecemos excepciones cada vez más arbitrarias, entonces estamos ante una contradicción pura y dura. Ya no protegemos al embrión, sino la posibilidad de establecer excepciones a la protección a la que decíamos que tenía derecho, y por tanto lo dejamos desprotegido. Otra vez: nudos.
Hay que señalar los silencios. Hay que hablar y argumentar sobre lo que no quieren escuchar. Hay que sacar el sentido común de su letargo invernal, hay muchas cosas en un armario que también se deberían ventilar. Hay que sacar la voz del niño políticamente incorrecto de El traje nuevo del emperador. Que dejen en paz la época del NODO y hagan el favor de mirar sus nudos.
sábado, 16 de agosto de 2008
Retos
jueves, 8 de mayo de 2008
domingo, 17 de junio de 2007
Si algún día escribiese una novela...
Quizá empezaría más o menos así...
...El primer poeta que conocí se llamaba Isidoro. Isidoro Calvachi. Por entonces no se sabía que el nombre que habían elegido sus padres para él era profético o que, por lo menos, no andaba mal apadrinado desde el cielo por el sector de las buenas letras. El Calvachi era un indio muy querido en la hacienda. En mi familia hablaban de él continuamente, su casa era la antigua casa del huasipunguero*, que se veía desde el zaguán de la casa nueva de la hacienda que se construyó después del terremoto. Unos tres kilómetros camino abajo, en medio de un inmenso alfalfar, tras la hilera de eucaliptos del camino viejo, a la sombra de gran árbol de capulí solitario y antiguo, la casa del Calvachi era como una símbolo de los tiempos coloniales.
Antes de conocerle, dudaba a veces si el Calvachi existía de verdad. O si era una más de esas figuras legendarias que sólo cobraban vida en las conversaciones alrededor de la chimenea, ya de madrugada. De Isidoro desde luego hablaban todos, no sólo la tía Cocó y mi abuela. De las hermanas Terán Arellano podías esperar cualquier cosa, no porque no fueran dignas de crédito, que lo eran, dos mujeres de rompe y rasga, de las que mi generación no heredó ni la sombra de su entereza. Pero, cuando se trataba de contar historias, los límites de la realidad se difuminaban como la casa del Calvachi en una mañana de niebla. A mi abuela le gustaban una barbaridad las historias de miedo. Las haciendas antiguas eran una fuente inagotable de cuentos y leyendas: historias reales de los hacendados y sus viajes interminables a lomo de caballo, de duendes y curas sin cabeza que cabalgaban por la noche, de partos de indias jóvenes en medio del frío del páramo. Se decía que mi abuela había ayudado a venir al mundo a más de la mitad del guagüerío** del pueblo. Venían en mitad de la noche a darle aviso y ella salía a atender el parto a la luz de unas cuantas velas o un quinqué. A veces contaba sólo con una palangana de agua recién hervida para lavar a la madre y a la criatura; y más de una vez, servía incluso como pila de bautismo, si al terminar el alumbramiento veían con tristeza que aquél niño venía a este mundo sólo para estrenar sus últimas fuerzas.
(**) Guagua: niño/a.
jueves, 7 de junio de 2007
Coloquio
¿Qué es España?
Ponente: D. José Luis Comellas García-Llera
Catedrático Emérito de Historia
(Universidad de Sevilla)
19.30 horas
IESE - Madrid
Que vayan... y a ser posible nos lo cuenten.
Cocinando
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