
A raíz de estos comentarios recordaba la época en que escribí mi trabajo de investigación. Fue una época agridulce, repleta de dificultades de principiante (¿a esto se dedican los profesores de universidad?) y descubrimientos tardíos (de vocación: poeta). Una biblioteca callada, repleta de investigadores como envasados al vacío, un pila de libros indescifrables (Sprachen sie Deutsch?) y un tema (¿hay algo más vulgar que la moda?) que no me convencía nada, pero nada, nada. Y fue precisamente en ese entorno donde empecé a aprender a leer y escribir poesía (y sigo aprendiendo).
Por eso cuando miro el blog, tan abandonado, mi cuadernillo de versos en blanco y la pila de folios de la tesis creciendo, pienso que ha cambiado algo, aunque todavía no sé muy bien el qué. Creo que ahora me gusta el tema que trabajo en la tesis, y aunque a veces tengo que pasar por lecturas aburridas, en general me divierto, porque aprendo. No me quedan ojos, ni energías, ni tiempo para escribir otras cosas. Al parecer, la musa es celosa y cuando el horario de trabajo empieza a ser un obstáculo para que una ceda a a sus reclamos, se enfada y se esconde; al menos hasta que se le devuelva el privilegio de irrumpir con sus insinuaciones cuándo y dónde a ella le dé la gana.
Por ahora la pobre tendrá que seguir airada durante unos cuantos meses. Sólo espero que el mosqueo no sea tal, que no vuelva a verla por aquí nunca más. Después de la defensa de la tesis ya se verá, dudo que me espere una terraza en la playa del mediterráneo con un Bloody Mary para estimular la creatividad. Quizá el panorama esté más cerca de la oficina de Kafka. Al final, lo que cuenta es tener algo que decir, y junto a eso, como decía Virginia Wolff, "500 libras al año y una habitación con pestillo".