No sé cuándo sembramos los gladiolos. Me gustan mucho las plantas, pero sé poco de jardinería. También me gustan los pajarillos y apenas distingo cinco o seis por su nombre propio. Cada día los gladiolos ganan altura, se yerguen muy ufanos de sus tonos malva, como compitiendo con los escaparates de otoño. A mí me gusta ver cómo crecen y resguardan el balcón de miradas impertinentes. Me habría gustado llevar la cuenta, desde la siembra, los primeros brotes, cuánto se estiran cada día, pero andaba en otras cosas. Se me ha pasado un nuevo otoño sin saber algo más de lo pequeño. De esas minucias que me procuran grandes alegrías. Y a pesar de mi ingratitud, las flores crecen, los malvas saltan del balcón a mi camisa, los curiosos alargan el cuello para fisgar a través de las ventanas, es otoño y el cielo está azul y limpio como el verano. Los días me han regalado una hora y yo he perdido muchas más, en las nubes con sus formas pasajeras. Ni siquiera me entretuve en los gladiolos, que llevan al pensamiento a arraigar fuerte en la tierra, a erguirse, a colorear la vida. Y yo en las nubes, grises y efímeras, tan postmodernas...