sábado, 4 de mayo de 2024

Dejad que los niños se acerquen a Mí

Uno de los sacerdotes que celebra la misa en la parroquia cuida especialmente la liturgia. Acompañado por el monaguillo, un chico de unos 12 años, celebra con gran devoción, sin separarse del rito romano ni por un instante. 

El niño lo hace de maravilla. Perfectamente vestido, serio y atento a cada rúbrica, además canta como un angelito. Esta semana nos sorprendió con el salmo cantado a capella, con una voz tersa, suave y aguda. Al principio, los fieles no atinaban con la melodía de la respuesta, pero –poco a poco- todos se unieron en coro al canto, redescubriendo la salmodia y uniéndose a la antiquísima tradición de la Iglesia desde el siglo I d.C. 

Después de rezar dos veces, como dice San Agustín que sucede cuanto se canta, nos quedamos en un estado de recogimiento y silencio poco habitual. Después de esta experiencia, los rasgueos de la guitarra y los cantos bienintencionados del coro, se sentían extraños. 

Curiosamente, en la misa de niños del domingo, en la misma parroquia, todo se pone de cabeza. Guitarras y batería a todo volumen, sólo se lee el evangelio y se saltan las lecturas y el salmo, la homilía es larguísima y al final se reparten golosinas. A diferencia del niño que entona el salmo, que ha tenido la oportunidad de descubrir la grandeza y la belleza de la liturgia, los otros niños tienen esa puerta cerrada, se les niega conscientemente esa opción. 

Ratzinger decía, en su breve ensayo sobre La belleza, que "la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad, contra toda negación, son de un lado los santos y de otro la belleza que la fe ha generado", es decir: el arte sacro.  De alguna manera, la búsqueda de la santidad requiere de la búsqueda de la belleza, es parte del camino.  Los niños que entran en contacto con la fe necesitan ver y oír en la misa algo diferente, algo que no se encuentra sino allí, algo que sea en sí mismo un pequeño "resplandor de la Gloria de Dios". 

Ofrecerles sucedáneos, competir con las realidades terrenas en la misma cancha para hacerles atractiva la misa es un error y una pena. Parecería que, en el fondo, la fe y la confianza en la gracia de Dios pasan a un insignificante segundo plano. Como si entrar en contacto con lo sagrado no fuese suficiente atractivo. 

La Belleza de Cristo, que se oculta en la Cruz y en la eucaristía, se hace presente en la liturgia, en especial en la música sacra. El arte cristiano, también la música, tiene como cometido herir el corazón sin necesidad de grandes razonamientos y disquisiciones. La belleza, como dice Ratzinger, hiere si es verdadera: "Belleza es conocimiento, ciertamente, una forma superior de conocimiento puesto que golpea al hombre con la grandeza de la verdad". 

Tenemos una tradición riquísima de música sacra que ha vencido, siglo a siglo, la barrera del tiempo y los usos de las épocas, las modas y la improvisaciones. Tenemos un tesoro de Belleza que ha inducido a los hombres a una experiencia única de la fe, diferente a cualquier experiencia estética mundana y es, precisamente en esa diferencia, donde el alma constata la distancia entre Dios y el mundo, la superioridad de la vida de fe frente a la vida sin Dios. 

Los niños no necesitan encontrar en la misa de los domingos más del mundo. Cualquier homilía, por estupenda que sea, jamás estará a la altura de la palabra de Dios. Ninguna golosina podrá ofrecer lo que se ofrece en el sacramento de la comunión "que contiene en sí todo deleite". Los niños necesitan encontrarse con la Belleza y con la transformación que opera en quienes hiere, es decir, con los santos. 

Si los domingos los llevamos a ese encuentro, Dios entrará en el corazón de los niños. Si por el contrario, montamos un show mundano para llamar su atención, los niños se llevarán, por unos minutos (lo que tarden en entrar en el siguiente show a través del móvil) un pequeño entretenimiento que sumar a los que experimentan habitualmente. Si un niño (el monaguillo) ha sido "herido" por la belleza sobrenatural de la liturgia, no hay motivo para pensar que los otros niños no puedan experimentar esa misma vivencia de la oración eterna de la Iglesia que es la liturgia. 

Si no educamos su sensibilidad para la cosas de Dios, si no los envolvemos con ese espíritu de lo sagrado (sancta sancte tractanda sunt) tratando santamente las cosas santas, no les haremos la fe más atractiva. Les ocultaremos la verdadera fe y les ofreceremos, como mucho, un pobre espectáculo mundanizado, que les estorba el acceso a la Belleza de Dios. 






lunes, 29 de abril de 2024

Las cartas

  


    Las cartas piden y permiten una pausa. ¡Qué delicia era escribirlas y recibirlas! La primera vez que salí de casa, fui a dar a un pequeño pueblo de Lugano, en la Suiza italiana. Las cartas, por entonces, monopolizaban el ámbito de la comunicación íntima. La carta era el lugar de la introspección, de la reflexión sobre las experiencias, de la descripción demorosa de paisajes nuevos. Había que pensar mucho para escribir. Cada frase era minuciosamente estudiada, para evitar los tachones en el papel, o para evitar reescribir lo que ya se había logrado culminar, por culpa de la precipitación o del despiste. 

    Al escribir una carta, además, había que sumergirse en el otro, imaginar sus reacciones, sus gestos, aludir a historias compartidas, avivar el recuerdo. Difícilmente en una conversación podríamos ensimismarnos tanto en la otra persona, sin causarle cierta incomodidad. Y en cambio, las cartas no sólo lo admiten, sino que en cierto modo lo requieren. En el papel había que dejarse el alma y el cuerpo. Escribir con trazos elegantes, azules, entintados.  Impregnar el papel con tinta y perfume, para entrar al corazón usando el atajo del olfato.  

    Con la llegada del e-mail, el ritual de escribir cartas se desvaneció. La carta perdió su monopolio en favor de la inmediatez. Y con el olvido de la carta, se nos ha olvidado también una manera entrañable de conocernos a nosotros mismos y a los demás. Olvidamos una forma muy honda de querer. 

domingo, 26 de noviembre de 2023

Gansos, pavos y volcanes


Los gansos mordían. Pero, a diferencia de los perros, los gansos daban miedo. Eran seis; cuatro blancos y dos habanos, siempre juntos graznando al unísono, desafinados. Yo tenía mis tácticas de evasión. A cierta velocidad y en línea recta, podía escapar en la bici; y me gustaba probarles que, en ciertas circunstancias, yo podía pasar entre ellos a pesar de que me superaban en número. Yo no entendía qué le veía de bueno mi abuelo a esas seis bestias emplumadas que amedrentaban más que un encierro. 

Los pavos reales eran otra cosa.  A esa pareja la seguía a poca distancia y ellos, respetuosos y serenos, se dejaban admirar.  El macho arrastraba su cola, el cuello erguido, lento y despreocupado. La hembra, vestida de pardo y verde, le seguía el paso con discreción y aplomo. 

Mi familia convivía con la belleza del paisaje y los animales sin acostumbrarse. Cada vez que el Cotopaxi se dejaba ver de cuerpo entero, alguien avisaba a los demás. Lo mismo cuando el pavo se ponía ostentoso y mostraba su plumaje tornasolado en abanico. Todos dejábamos lo que estuviésemos haciendo y salíamos a contemplar juntos esa belleza, imponente o exótica, que se nos daba por un momento. Luego venían las nubes a ocultar la nieve del volcán, el pavo se cansaba de pavonearse y volvía a arrastrar la cola. Cada uno volvía a sus quehaceres con una sonrisa dilatada. 

Al atardecer, encendíamos la chimenea y escuchábamos los graznidos desafinados de los gansos. Y hasta eso lo recuerdo como una melodía que, hasta ahora, me descansa. Creo que por fin comprendo qué veía mi abuelo de bueno en sus gansos. 



lunes, 20 de noviembre de 2023

Un pecado nada original


Poco a poco se van perdiendo las raíces de las palabras y sus acepciones iniciales. Es lo que pasa con la palabra original, que ha quedado como antónimo de lo que era al principio. Cada vez que me encuentro esta palabra, alude a algo único, que no tiene igual. Y me puse a pensar que, con este uso cada vez más frecuente, menos se entendería con el tiempo la expresión pecado original, es decir, de origen, de nacimiento, de naturaleza. Y como la naturaleza es el origen de todos, de singular no tiene nada. 

Yo este pecado nada original, en el sentido de que no tiene nada de excepcional y de él no hay quien se libre,  lo experimenté desde muy pequeña y a conciencia. Con sólo tres añitos, decidí que me aburría y que había que hacer algo para crear algo de diversión. Yo era la única hija, nieta y sobrina de mi familia. 

Mi madre estaba embarazadísima de mi primera hermana y no andaba para muchos trotes. Mi padre estaría ocupado con el periódico. Mis abuelos trajinando; él en el campo y ella en la cocina. Había casa llena, así que imagino que mis tíos y tías estarían cada uno en sus cosas y no les apetecería jugar con la niña de par de mañana. Pero la niña quería jugar.  Y jugó, al escondite. 

Entré en el cuarto de huéspedes, mirando muy bien que nadie me viese, y me metí debajo de la cama. Al principio no fue nada divertido. Tardaron un rato en echarme de menos y la espera se hacía cansina. Pero recuerdo el morbo. Esa sensación de estar montando un escenario en el que se estrenaría una obra,  orquestada por una manipulación, pero arte al fin. Era muy consciente del montaje y que entre la picardía andaba también la mala baba, allí, bajo la cama, con frío, respirando el polvo del suelo. 

Empezó el primer acto. –¿Alguien ha visto a AnaCó?, dijo mi madre. "No", "yo tampoco", "estaba fuera," "yo la vi en la cocina", "estaba por aquí", "¿se habrá ido con papá?". Comenzó la búsqueda. Me llamaban por mi nombre, al principio con tranquilidad. Luego el tono y la tensión subían, como la espuma de la leche recién ordeñada en la olla que hervía, antes del desayuno. Lo que hizo que se derramara, no lo tenía previsto. 

Mi padre era parte del gobierno entonces, el primero después de la dictadura del Bombita Rodríguez. Por lo visto, recibía amenazas. Incluso a mi madre, en un acto público, se le acercó alguien y le endilgó un papelito en la palma de la mano, que llevaba un mensaje intimidante. Así que, mis padres no andaban para bromas de desapariciones. 

La casa de la hacienda, por entonces, estaba muy apartada del pueblo. Los caminos de tierra que llevaban hasta allí no los transitaban sino las vacas y se podía escuchar perfectamente cuando se acercaba un coche. Yo escuchaba plácidamente los pasos apurados, los gritos, se me subía el corazón al gaznate cada vez que alguien entraba a la habitación de huéspedes, esperando que de repente mirarían bajo la cama, me agarrarían de un pie, me arrastrarían fuera de mi guarida y me llevarían delante de mis padres para que me cayera la que tuviese que caer. 

Para mala suerte de todos, nadie me encontró. Y alguien de repente dijo: yo oí un coche. Sin pensarlo mucho, ataron cabos: "estaba fuera", "oí un coche", las amenazas; ergo, la secuestraron. Y en ese momento aquello pasó de comedia a drama y de drama a tragedia. Mi nombre se escuchaba entre sollozos. Lo que se oía por toda la casa era el llanto imparable de mi madre, embarazadísima e impotente, a mis tíos corriendo por las habitaciones, unos, por el jardín otro, a mi abuelo entrando por la puerta: "acompáñame y vamos a buscarla, tengo el revólver en la camioneta". 

Se me había ido de las manos y lo sabía. Lo que no sabía es cómo salir de debajo de la cama, tras una media hora larga de haber estado allí observando la que había montado, callada como una muerta. ¿Cómo lo justifico? Y, claro, la única manera de salirme por la tangente era mintiendo. De directora, pasé a ser protagonista y a prepararme para la interpretación de mi vida. Y allí que me planté, forzando bostezos y carita de desconcierto; huyendo hacia delante y preguntando con falsa inocencia, ¿qué pasa?

Mi padre me tomó del brazo, me clavó una mirada que me desarmó y me dijo escuetamente: ven a pedirle perdón a tu madre. Entré en la habitación. Mi madre estaba allí, con su vestido pre-mamá, la cara roja, hinchada, llorando como una recién nacida. No sabía si me abrazaría, me daría un sopapo o ambas consecutivamente. Yo sólo pedía perdón, la acariciaba y pedía perdón. Ella sólo lloraba. No recuerdo la reacción de nadie más, sólo mi madre hecha unos zorros por mi culpa, sufriendo sin motivo porque la niña se aburría, quería jugar y jugó con lo que no debía. Tenía tres años. Y supe en ese momento que ser malo es facilísimo. Y que para llegar a la inocencia, hay que pelear con los demonios que nos habitan, desde el origen. 


miércoles, 27 de abril de 2022

Planes como flanes

Que la vida no sale como uno la planea, lo sabe bien cualquiera que haya pasado la barrera de los 30. A partir de ahí, podría hacer una burda generalización y decir que, más o menos en ese punto, empiezan a bifurcarse las vidas en dos grupos: los que saben ser felices con lo que tienen y sacarle el máximo partido y los que van acumulando amarguras, empecinados en rumiar los sueños y deseos que no se dieron como lo habían planificado. Lejos de mí sugerir cualquier tipo de conformismo. A lo que me refiero es que, sólo podemos construir a partir de lo que hay y desde el presente. Sólo desde ese sabio realismo se puede mirar hacia un ideal e ir a por él. 

A los 25, mi futuro consistía en una fulgurante carrera académica. A los 35,  en una fulgurante carrera en comunicación corporativa y a mis 45 empiezo nuevamente a vislumbrar hacia dónde quiero encaminar mi vida mañana, jueves, con mi modesta "to do list". No miro ni muy lejos, ni muy alto. Sólo trato de mirar más hondo. Me ha costado lo que llevo de vida aprender algo que habían tratado de enseñarme desde mi más tierna infancia. Cuando empecé a andar (antes de cumplir un año para desgracia de mi madre), la santa mujer ya me había enseñado la única receta para una vida feliz y colmada: un paso después de otro. Casi medio siglo después, empiezo a comprender qué tan certero era el consejo, para cualquier ámbito de la vida. 

Tras unos años de tropiezos, caídas y colosales leñazos, a causa una salud más bien precaria y una porción de mala suerte, nada salió como había planeado a los 25, ni a los 35. Como dicen (y dicen bien) que la vida empieza a los 40, llevo apenas 5 años cumplidos, con la ventaja de que ahora ya me tomo en serio lo de los pasitos consecutivos. 

Procuro disfrutar de las temporadas en las que estoy hecha un toro y acepto mejor las que no pueden ser tan productivas como me gustaría. A veces mis pasos son largas y ágiles zancadas, otras son lentas y cortas pisadas (veo pasar a las hermanas tortugas como flechas). Lo que cuenta es no dejar de avanzar hacia el ideal, como buenamente se pueda. Cada uno, fiel a la vocación personal que viene inscrita en el misterioso nombre que se nos revelará en la vida eterna, va esculpiendo su historia en el tiempo. Y se va haciendo patente en la medida en que se avanza, sólo así. 

Pero, para avanzar, ese ideal que da sentido a todo, debe estar claro. Caminar hacia adelante y avanzar no es lo mismo. A veces se avanza retrocediendo. Tirar pa´lante –sin más– no vale. Ese ideal que, como todo fin verdadero sólo se encuentra en el principio, no puede ser un fin externo: cargos, dinero, publicaciones, éxito medible. El más alto ideal es vivir de manera que Dios y la propia libertad, jugando la partida de la vida como un partido de dobles, lleguen al final como si fuesen un sólo jugador. 

No hay un partido igual a otro, sólo está tu partido. Dar todo, disfrutar del esfuerzo, de las jugadas redondas y de las bolas fuera, de la facilidad que da la práctica, de las dificultades de los comienzos continuos, de los masajes suaves y las rehabilitaciones duras tras una lesión. Seguir en el torneo con tu compañero, siguiéndole el juego. Un paso detrás de otro. Un golpe, un punto, un set. Final del torneo: todos habremos ganado. 


domingo, 9 de enero de 2022

Propositología

 Fiel a mi impuntualidad respecto a lo que marca el Κρόνος, empiezo a elaborar mis propósitos para el nuevo año con el inicio del Tiempo Ordinario de la liturgia católica. Para mí, hace sentido (fiel a lo que sugiere el καιρός) esperar a que pase la vorágine de las fiestas y el chute de adrenalina colectiva que nos inyectan las campanadas, para pararme a pensar qué quiero proponerme para 2022. Lástima que el inicio caiga en lunes, que es el día de la semana que sustituye a la Nochevieja cuando el tiempo corre, tan corriente, que necesitamos un placebo para la novedad. Aún así, hoy me dispongo a meditar sobre mis propósitos, a concretarlos y, ¡ay! lo más difícil, comprometerme en alcanzarlos. 

Una de las ventajas de ir a rebufo es que, mucha gente ya ha compartido sus recién estrenados propósitos por distintos medios. Benditos sean. Me dan ideas magníficas que puedo copiar sin pudor y sin pagar regalías. Quienes intentan recomenzar en el camino de la virtud, suelen tener mucho en común con otros ("mon semblable,— mon frère") que tratamos, trastabillando, de tonificar el alma, una vez más. Las concreciones y ejemplos son variadísimos, de modo que puedo hacer variaciones sobre los temas centrales, mis propios arreglos a la misma melodía. Lo único verdaderamente original consiste en hacerlo yo y ahí está el reto del compromiso y el poco o mucho margen para la novedad. 

Incluso es muy de agradecer que algún amigo declare públicamente su primer fracaso y lo haga tan deportivamente como Enrique García-Máiquez sabe hacerlo. Esa capacidad de driblar los obstáculos de los escrúpulos, bien vale un propósito. Nada cae en cántaro roto. También los fracasos iluminan (y consuelan, ejem.) Yo, que en breve estaré equidistante a los 40 y los 50, me voy conociendo y prefiero hacer pocos propósitos que sean asequibles, sin renunciar al esfuerzo de conseguirlos, si salieran de suyo, no necesitaría proponerme nada. Y tan ingenua no soy, respecto de mí y de la naturaleza humana. 

Otros aportan clasificaciones que no están de más para afinar la puntería y no andar mezclando churras con merinas. Ricardo Calleja dejaba un hilo de autoayuda que con el trajín del 31 de diciembre habría pesado como una loza y, en cambio, hoy se hace más digerible para dirigir la Propositología a buen puerto.  Y cómo no, están los resúmenes de 2021 con las mejores lecturas, series y películas que, con calma, se ven con perspectiva y realismo. ¿Cuántas de estas maravillas haré caber en este año? Realismo que compite con lo que cuentan muchos que les han traído los Reyes y que engrosan la lista de deseos que espero ver cumplidamente leídos. 

No hablaré de mis propósitos, aunque agradezco infinitamente a quienes me han ayudado, de una u otra manera, a formularlos. Prefiero ir cumpliéndolos y que se noten, o que los note –y lo anote– yo, para empezar. Y para cerrar con broche de oro el tema del tiempo litúrgico y los propósitos para ensalzar lo cotidiano, este año ha coincidido este día con el 120 aniversario del nacimiento de San Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo de lo ordinario. Así que, mi lista lleva puesto el sello del patrón, por si me faltaran motivos para la esperanza o fortaleza para no decaer en el empeño. Más no se puede pedir. 



miércoles, 22 de diciembre de 2021

La crisis del todo por la parte

 Séneca describe bien los síntomas de una crisis de identidad, (de los 30, de los 40, de los 50 o como quiera llamarse):


"Todo lo que hice hasta estos mismos instantes, quisiera mejor no haberlo hecho: cuando reflexiono sobre lo que dije, envidio a los mudos: todo lo que deseé lo considero maldiciones de los enemigos; solamente lo que temí, justos dioses, fue mejor que lo que ambicioné. Rompí las amistades con muchos y (...) ni de mí mismo soy amigo todavía." 

Lo más llamativo, quizá, es esa enmienda a la totalidad: "todo lo que hice, dije y deseé", que siempre tiene una carga excesiva. Cada vez soy menos amiga de las enmiendas a la totalidad. Quizá Séneca, que no era cristiano, no habría meditado suficiente la sabiduría que esconde ese cuidado que Dios pone en no llevarse el trigo con la cizaña. 

Eso sí, es más fácil dar esquinazo al todo que examinar las partes. El todo siempre tiene el riesgo de quedarse en algo abstracto, general. Las partes son lo concreto: los errores, las faltas, las culpas singulares: eso que hice o dejé de hacer en aquél momento, eso que dije o no dije en aquél otro, ese deseo que dejé que creciera, ese otro que dejé que se marchitara. En una conversación de media hora, lo que dije durante esos dos minutos, en aquél encuentro de días lo que hice durante esa media hora. Dentro de aquél deseo, ese matiz.

Sólo en lo concreto hay redención. De lo contrario se rompen amistades, como bien dice Séneca, con otros y con uno mismo. Y es que en esa manera de juzgar el todo es seguro que hay más posibilidades de llegar a un juicio equivocado. Y empezar a corregir el rumbo con un juicio injusto, no parece que tenga muchas posibilidades de llegar a buen puerto.

Vamos siendo en el tiempo, distintos y los mismos. El tiempo trae esas pequeñas partes que formarán, algún día e inevitablemente, un todo irrompible. Entonces y sólo entonces observaremos el valor de cada parte, de cada cosa pequeña que hicimos u omitimos, que en cada minuto estuvimos siendo. Así mirado, además de entronizar lo pequeño y lo presente, podemos también liberarnos del pasado que pesa como muy poco o demasiado. La enmienda a la totalidad es síntoma de pereza y vanidad: pereza para examinar la parte y vanidad para creer que todo cabe en un juicio humano. 

Mejorar en pequeñas oportunidades es asequible a cualquier bolsillo, incluso cuando el alma parece andar en números rojos. Quién fui o quién seré, esa no es la cuestión. Andar buscándose donde no se está, en un tiempo descolocado, es la mejor receta para no encontrarse nunca. Juan Ramón lo dice como sólo a él sale: 

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo (...)

Cómo voy a ser yo si me empeño en negar mi tiempo, mi parte, mi pequeño tesoro escondido en este mismo segundo. 


martes, 14 de septiembre de 2021

Silencios

Recordaba hoy una escena. Era Madrid en invierno. Por la mañana, llegué a la estación de tren y vi la siguiente: un hombre, bien vestido, paseaba haciendo círculos delante de la puerta de la estación. Esperó a que saliera la gente. Cuando aquello se quedó vacío, empezó a recoger colillas del suelo, esas que se tiran a medio consumir por las prisas. Debió de encontrar cinco o seis. Se las metió al bolsillo de la chupa negra y se sentó a fumar en una banca donde pegaba algo del sol frío de la mañana. Se me encogió el corazón. 

Alguien más contempló la escena y la completó: una chica que había salido con la marabunta, entró nuevamente a la estación, se acercó al estanco, compró un paquete de tabaco y se dirigió hacia el hombre.  Le entregó los cigarrillos con una mano, mientras con la otra le dio una leve palmadita en la espalda. A las crisis hay que ponerles nombre, vestirlas con una chupa negra, mirarlas a la cara y, mejor, a los ojos. 

Cada vez se ve más gente hurgando entre la basura, durmiendo en el portal de un banco o –como éste– recogiendo las colillas que otros desechan. A todos –a quien más, a quien menos– nos sobrecoge. Pero en general se guarda un silencio impotente, avergonzado. Parece que cuando vemos a cada persona se nos vienen encima las decenas, los cientos, los millones de personas que van por la vida apenas sobreviviendo. Y nos parece que el problema se nos va de las manos. Y pasamos de largo, en silencio. Pero en realidad nos hemos encontrado a una persona, esa persona. Y para un café, un bocadillo, un paquete de cigarros, una palmadita en el hombro, quizá, ya nos llega. 

Lo que vi me recordó la frase J. M. Mora Fandos: "Sospecho que el llamado silencio de Dios es principalmente nuestro silencio sobre Dios".  Y yo sospecho que en las penurias de muchos, algo hay de  nuestra indiferencia.  Quizá lo más digno sea dignificar a quien podamos, uno a uno, en lugar de salir con la marabunta a dar gritos de indignación. Sacudirnos el silencio, pero en voz baja y hablando al oído, o dando palmaditas cuando se pueda.

miércoles, 28 de julio de 2021

Ser como niños

 



Pocos consejos del Evangelio me resultan más desconcertantes que aquél "debéis haceros como niños" (especialmente desde que tengo dos sobrinas pequeñas entre los dos y cuatro años). Tal como está el patio, cabría plantarse ante el Maestro y tener una conversación algo más larga  y acalorada que aquella con Nicodemo, a la fresca de la noche mediterránea.

Me siento de vez en cuando en el parque a observar a los niños y me parece más fácil convertirme en un esbelto camello para pasar por el ojo de una aguja. Los niños dicen siempre lo que piensan, algo que en el mundo de los adultos pocas veces se perdona. Pero a ellos les protege su inocencia. Y dejamos que suelten verdades como puños porque intentamos proteger esa manera inocente, recién estrenada de ver el mundo. Esas pequeñas indiscreciones son el museo donde guardamos las reliquias de la autenticidad.
Los niños no se defienden de la verdad, no se preocupan de si queda bien o mal soltar sus ocurrencias, enfadarse o reir ante las ridiculeces de los adultos. Los niños echan margaritas a los cerdos y a los perros. Acarician a los mendigos, muestran compasión sin complejos; de manera natural son astutos y sencillos, perdonan con cierta facilidad, olvidan todo cuando lo que está en juego es volver a jugar.
También los niños sufren. Son especialmente sensibles a la injusticia y la crueldad (a pesar de que ellos mismos pueden ser crueles e injustos como el que más). Viven confiados y esa confianza desmedida, en un mundo tan medido con baremos menos nobles, es todo un reto para los niños ya crecidos. Qué difícil ser niño. Qué hermoso ser niño. Qué arriesgado, ¡madre mía, qué arriesgado! Y sin embargo... quién pudiera, ¿no?

lunes, 26 de julio de 2021

Apocalíptica y esperanzada

Everest

Para ponerme a tono con los tiempos, he vuelto a ver algunas películas que cuentan historias de catástrofes y situaciones límite. Viven o Everest, por poner un ejemplo de historias reales, donde se muestra (hasta donde el cine da de sí), la capacidad humana de solidaridad para salir adelante aún cuando todo está en contra y empuja hacia el abismo de la apatía y la desesperanza. Una de las reflexiones que se repiten una y otra vez en los testimonios de los Supervivientes de Los Andes es que allí tuvieron dos experiencias muy claras y profundas: la primera, la experiencia de la compañía de Dios, a pesar de la prueba por la que estaban pasando. La segunda, lo poco que necesita el ser humano para vivir y ser feliz. 

Después de más de medio siglo sin guerras en Occidente tras el trauma de la I y II Guerras Mundiales en el siglo XX, las generaciones que estamos construyendo la Historia de este primer cuarto de siglo, parece que hemos olvidado que la verdadera tragedia consiste en el olvido de lo esencial. Sustituimos el bien por el bienestar, la verdad por las certezas que nos permitan ejercer el control sobre lo desconocido, el dolor y el esfuerzo. Hemos ocultado la belleza con la banalidad de modas que se elevan a tal gloria  que da pena. Hemos preferido que los medios nos digan qué pensar, porque pensar por cuenta propia sale caro, por el precio de los libros y el desprestigio social que conlleva, a menos que seas parte del mainstream amaestrado. 

A Dios lo quieren fuera de escena a como dé lugar y se le ataca velada o descaradamente. Las libertades y derechos son machacados en nombre de la seguridad de la tribu, olvidando la máxima que tan bien expresa Javier Gomá en una entrevista (El País, 18 de septiembre 2019): 



Si alguien me preguntase cuál será la gran batalla intelectual, moral y existencial del S. XXI, respondería que, sin duda, será la gran causa de la dignidad humana. Como una gran obra maestra que ha sido retocada y restaurada tantas veces que ha llegado un momento en el que lo que aparece sobre el lienzo no se asemeja a la pintura original, hemos de limpiar, restaurar, y seguir pintando inspirados en este noble concepto que está pidiendo a gritos aparecer, no sólo enmarcado en pan de oro para ser contemplado, sino ser llevado a la vida real, al guion práctico de la vida en todo el mundo, en cada mundo personal. 

Conservar y hacer brillar la libertad de espíritu es una misión que no se puede prorrogar. Porque necesitamos ver , palpar, escuchar cómo hay gente normal que llega a la cima del Everest y muere rescatando a un amigo. Porque si hay un tipo que cruza Los Andes en invierno con ropas de verano y jirones de un asiento de avión sólo para volver a ver a su padre, necesitamos verlo. Porque necesitamos prestar oídos a quienes se oponen a la corrupción del ser humanos a través de ideologías que desconocen, justamente, la grandeza de la dignidad. 

En Everest, hay un diálogo muy bello con mucha enjundia. El grupo que intentará el ascenso, está reunido en el campamento base tomando un trago alrededor del fuego. Uno se pone en plan profundo y pregunta a cada uno: ¿Por qué subes el Everest? Y uno de ellos responde:

 "Hay una escuela primaria donde vivo y estuve hablando con esos niños que me ayudaron para reunir el dinero para poder venir y me dieron una bandera para la cumbre. Así que pienso que, tal vez, si ellos ven que un tipo cualquiera puede perseguir sueños imposibles, tal vez eso los inspire a hacer lo mismo. Voy a escalar el monte Everest porque puedo. Porque siendo capaz de subir tan alto y ver ese tipo de belleza que nadie ve nunca, sería un crimen no hacerlo."

No sigo con la historia de Doug para evitar el spoiler. Sólo añadiría algo a esta magnífica reflexión del personaje: también hay una belleza que casi nadie contempla en las simas, cimas y mesetas de cada persona. Sólo hay que aprender y prepararse para ser digno de confianza contemplar así ese sacro paisaje. Podemos y sería un crimen no hacerlo. 

             


 

 




martes, 23 de marzo de 2021

Los mundos de los niños

Mi sobrina M., que en breve hará 4 años, tiene un poco de lío entre la velocidad digital y la velocidad vital. Ha echado los dientes con la magia del móvil que te da lo que deseas en un segundo y sin rechistar. Los niños van saltando del mundo representado, irreal, tan expedito para satisfacer deseos de inmediato; al terreno de lo cotidiano con su realidad firme y terca en su resistencia al deseo. A veces trastoca el manual de instrucciones, pisa tierra con el chip digital encendido, y el tortazo no se hace esperar. 


El otro día, M. quería jugar con un pony en concreto, de los varios que tiene en la colección que comparte con su hermana pequeña, L. La acompañé hasta el bolso donde los tenía guardados. Mientras yo buscaba con gran parsimonia, ella hizo un barrido rápido con la mano y la mirada, y a una velocidad equivalente a dos clicks, empezó a perder los papeles, dando por supuesto que había perdido al pony. Yo miraba su pequeño y dulce rostro, que mostraba sucesivamente un poco de angustia, enojo, frustración; hasta llegar a la desesperación y el llanto. 


-¿Qué te pasa?, le pregunté.

-¡No está mi pony!, respondió entre sollozos. 


Le hice una caricia y le dije, con un tono sereno y una sonrisa, que no se preocupara tanto, que no lo había encontrado todavía porque la búsqueda aún no había terminado. Ella me aseguraba que no, como dando por supuesto que su búsqueda se había acabado y que del pony no había ni rastro. Me enterneció su certeza. Ella pensaba, con seguridad, que no había más exploración posible. Cuando se tranquilizó, le propuse buscar a mi manera, con calma. Incluso conseguí que se riera gritando como capitán de caballería arengando a su ejército: 


- ¿Cómo vamos a buscaaaar?

- ¡Con caaalmaaa!, gritaba ella entusiasmada con la misión. 


Así que fuimos sacando los juguetes del bolso, uno por uno, llamándolos por sus nombres, conforme salían de su pesebrera abolsada. Casi no quedaba nada dentro y, al final, apareció la bendita Applejack, tamaño microbio, en una esquina, medio escondida en un rincón de tela. M. la sacó y se puso eufórica. 


- ¡Mira tía Co! ¡Aquí está, no se perdió!

Yo celebré con ella y volví al juego de la caballería. 

- ¡A ver, M.! ¿Cómo la encontramos?

Silencio... me acerqué a su oído para chivarle lo que esperaba que respondiera: buscando, ¡con calma!

- ¡M.!, ¿cómo encontramos a Applejack?

- ¡Buscando con calma!

- ¿Cómo?

- ¡Buscando con calma!


Lo repetimos 5 o 6 veces, con cosquillas y carcajadas intercaladas, y volvimos a guardar la mini yeguada en su sitio. Poco después, vino L. (dos años y medio) y quiso incorporarse al juego. Quería a la princesa no sé qué. Y antes de que L. pudiese asomar las narices al bolso, saltó M. muy convencida: "a ver, L., no te peocupes, la vamos a encontas, buscando con caaaalma."


Si siempre ha sido importante educar a los niños en las virtudes, que son los músculos de la voluntad, ahora es todavía más urgente. Hay una competencia desleal entre los dos mundos en los que viven, el real y el tecnológico-digital. Los niños necesitan aprender a diferenciar cómo actuar en cada uno, sin mezclarlos. Es fácil rechazar lo que es arduo y requiere esfuerzo, que es casi todo lo que merece la pena en esta vida. M. no era consciente de que, jugando, estaba aprendiendo a ejercitar la paciencia y la perseverancia. Da igual que no sepa ponerles nombre como a los ponys. Lo importante es que sepa hacerlo y que lo haga constantemente hasta que se vuelva parte de su diminuta naturaleza en crecimiento. Necesitan contar con esas capacidades, cuanto antes, mejor.


Necesitan saber cómo se maneja la tecnología que tienen a la mano, pero, fundamentalmente, necesitan saber manejarse a sí mismos, poder disponer de sí y, en la misma medida, estar disponibles para los demás. Saber apreciar lo real con sus resistencias y dificultades, sin pedirle que funcione como una búsqueda en Youtube. Necesitan aceptar que la realidad se resiste y que eso no es un problema, sino un reto. Necesitan experimentar la satisfacción de conseguir lo que no está a su alcance con un movimiento de su dedo, sentir cómo protagonizan sus acciones y sus logros. No lo tienen fácil y, menos aún, los padres. La vida propone, a niños y adultos, entrar en el juego en el que yo me zambullí con M. Todo llega, todo se alcanza, siempre que valga la pena buscarlo: con calma. 

viernes, 19 de marzo de 2021

Enredada en las redes


La profusión de redes sociales exige una gran disciplina para no terminar en un enredo entre tiempo perdido y tiempo ganado, jerarquía de prioridades o caos. Personalmente, soy como el pescador novato, al que pone entre las cuerdas, su meritorio afán de pescar. Para evitarlo, trato de mantenerme a raya, poniéndoles cota de tiempo y hora del día. Me sale fatal y sigo enredándome. A pesar de los buenos propósitos; la tentación de las notificaciones, los debates apasionados, los artículos que escriben mis amigos (y otros grandes columnistas como ellos), me atrapan, sin que yo oponga mucha resistencia.
 

Ahora tomo distancia y veo lo absurdo del asunto. Publicar lo que se escribe, se ha vuelto lamentablemente corriente. Merece la pena ser un editor exigente consigo mismo y no publicar nada que resulte, a la larga, vulgar y ordinario. No hace falta insultar expresamente para insultar al lector inteligente. Basta con publicar cualquier cosa, sin pensarlo mucho, ni releerlo para evitar erratas y errores de bulto.


Es importante reconocer que, en las redes sociales, podemos caer en la ilusión de creernos tiburones, cuando –en realidad– somos un atún más en un banco de atunes. Por eso, sobretodo, es fundamental hacer oídos sordos al canto de sirena que entonan los móviles, atrayéndonos hacia una vida de esclavitud tecno-ilógica. Mejor escribir poco, si lo que escribimos está bien escrito y es bueno. Breve o extenso, si bueno, vale, aunque contradiga a Gracián. 


Y vuelvo al propósito, pero por otro motivo. Cambio de políticas en mi unipersonal editorial digital. Menos, es más: más calidad, aunque implique menos cantidad. Más tiempo para pensar y escribir con tiento y cariño. Publicar sólo lo que, dentro de mis limitaciones, pueda ser apreciado por mis lectores (no mis seguidores, que no son –necesariamente– quienes me leen). 


Desenredarse, en ambos sentidos, puede constituir una virtud específica en los tiempos que corren, y corren mucho. Darle su sitio al Κρόνος y al καιρός, es decir al implacable e imparable tic-tac, que vuelve pasado al futuro con tanta rapidez; y también al remanso del tiempo en pausa, que es el que cuenta para contar nuestra propia historia. De ahora en adelante, procuraré escabullirme de los pescadores, de los que pescan con red y de los que pescan con línea. 

viernes, 26 de febrero de 2021

Líber et libertas


Lo mejor de mi conferencia para mi ingreso formal en el Grupo América, hace ya algunos años, fue el coloquio. No suele ser lo habitual, pero como estábamos muy a gusto, el presidente accedió a que hubiese un turno de preguntas. Susana Cordero, Directora de la Academia de la Lengua (Ecuador), había tomado algunas notas durante la conferencia. Yo me había referido a la afinidad entre el latín liber y libertas. No hay entre ambos parentesco etimológico, pero sí una afinidad de sentido muy profunda. Años después, Luciano Canfora usaría ese dúo, libro y libertad para su ensayo publicado en español en 2017 por la Editorial Siruela. 

Los buenos libros nos liberan: de la abrumadora practicidad del presente y sus circunstancias, del espacio y el tiempo en que vivimos, de los límites para poder conocer a más personas y personalidades. Los libros nos proporcionan el billete para un viaje a otras épocas, a otras situaciones -a veces tan parecidas a las nuestras- desde una mirada diferente. Nos presentan interlocutores interesantísimos con los que se puede extender el diálogo interior por tiempo indefinido.


Susana, sin embargo, preguntaba por la relación entre el libro y la libertad, pero desde el punto de vista de la creación. Su pregunta (no es literal): ¿Cómo se gana libertad cuando escribes, cuando creas? Me quedé un momento pensando en la respuesta. Todavía sigo dándole vueltas. Es una pregunta profunda. Lo que me vino a la mente en ese momento, lo sigo sosteniendo y procuro ampliarlo. 

Cuando hay cierta sensibilidad ante la Belleza, hay momentos de epifanías concretas. Puede ser algo vivido en primera persona, o contemplado en otros lugares, en otras personas, en ciertas situaciones. Entonces, la Belleza se concreta y te invita a procurar decirlo. Quedas atrapado por ese glance momentáneo, capturado por él para a su vez liberarlo del espacio reducido de tu personal experiencia. Y como no hay libertad sin lucha, empieza la pelea denodada, con las palabras en mi caso, para intentar llevar esa experiencia a otra nueva concreción. 

El reto está en no traicionar la grandeza de aquello que se ha visto, en no traicionar lo bello, en ser un mensajero fiel. No siempre se consigue. Pero cuando sucede, cuando un poema refleja algo de esa grandeza a pesar de las limitaciones propias y del lenguaje, entonces se experimenta una liberación y una alegría que no se compara con casi ninguna otra experiencia humana. 

Por una vez, cuando sucede, la necesidad de compartir algo grande, más o menos se consigue. Se ha transformado en algo tangible, realizado en el lenguaje, destemporalizado por la escritura. Allí, justo allí, se abraza la libertad de la creación. Cuando tienes la gracia, en todos los sentidos, de contemplar y hacer posible la contemplación. Aunque sea de una parte pequeñísima de la belleza intrínseca de la vida, incluso cuando la belleza duele. 

viernes, 19 de febrero de 2021

Una pluma y un amigo


Tengo una pluma nueva, barata y azul, de punto medio. La última que tuve se me perdió en la mudanza. Echaba de menos escribir con pluma, el ritual de rellenar el cartucho con tinta, esa sensación diferente que hace que los trazos sean más míos, según va dando de sí el plumín hasta acoplarse a mi pulso. Hace ilusión estrenar cosas nuevas. Pero, no hay nada como sentirlas ya tuyas, un poco envejecidas, sin resistencias. Como dice un aforismo de Enrique García-Máiquez: "Los objetos también se domestican."


Son esos objetos y lugares con las que nos sentimos como con las viejas amistades. Esos amigos con quienes no hace falta acomodarse y discernir prolijamente qué decir o qué hacer. Con ellos basta juntarse y todo lo demás se acomoda al nosotros. De esas amistades hay pocas. Y qué pena cuando, como la pluma, se pierden en una mudanza de carácter o de circunstancias. Y por otra parte, qué bueno; porque las personas no se domestican, no sin dañarlas. Se conocen, se acompañan, se aceptan y se quieren. Y, en todo caso, a través de la amistad, se domestica el carácter de cada uno, libremente. Cada uno lo hace consigo mismo, para estar a la altura del otro. Aquel refrán, uno poco gastado que dice que "quien tiene un amigo, tiene un tesoro", se podría interpretar desde esta perspectiva. Sí, es un tesoro,  y esas grandes amistades han contribuido, sin duda, a pulir el diamante en bruto. 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Ya casi...

Quién no pronuncia esta frase a diario o, por lo menos, con mucha frecuencia. Ya... casi cierro el contrato, ya casi está la comida, ya casi he terminado, ya casi llego, ya casi la he olvidado, ya casi soy feliz. Se podría decir que este estado de inconclusión permanente, en algún aspecto de la vida, paradójicamente nos define. Es decir, estamos determinados a estar indeterminados. Las acciones que realizamos en el tiempo viven mientras dure el "casi". Nuestra vida se mantiene mientras dure el "casi". 

Esto puede causarnos, a veces, cierto malestar. Porque, no sé qué espíritu de nuestro tiempo, nos aprieta y nos mete prisa por terminar, por cerrar, por acabar lo que sea, como sea. Y, sí,  también, los plazos están para cumplirlos, benditos ellos.  No se trata de dilatar innecesariamente tareas, decisiones y, lamentablemente, tampoco las vacaciones. Todo tiene su cajoncito en el tiempo, que se abre y se cierra.

Yo agradezco esa posibilidad de estar en el casi. Primero, porque quiere decir que la parca todavía no me ha llevado.  Y segundo, porque eso me permite aspirar a ser mejor, a estirarme un poco y saber que, si experimento el "casi" como oportunidad, cada día puedo ir un poco más allá, sin frustraciones. 

Las acciones puntuales empiezan y acaban, y continúan sucediéndose en ese juego del principio y el final. En cambio, la tarea del perfeccionamiento humano, lo abarca todo, lo mezcla y lo aglutina durante cada día con sus noches. Y el casi, puede ser una ayuda para no desanimarse en ese afán de crecer. Porque –sabemos de antemano– que no alcanzaremos la meta, y no por renunciamos al avance. Hoy casi... Si todos los días vivimos con esa hermosa tensión del que no deja de saltar, para llegar cada vez más alto y más lejos; casi... habremos alcanzado la sabiduría. 

domingo, 14 de febrero de 2021

Qué pinta aquí Valentín, el santo


Celebrar San Valentín, como el gran día del amor y la amistad, me produce cierto rechazo. Será porque mi convicción acerca de la celebración cotidiana que requieren ambos, hace que lo vea con cierta sospecha. Hoy, además, me di cuenta de que no sabía nada acerca del santo, de su historia y, por qué, en algún momento, se le adscribió este patronazgo. 

Resulta que, para empezar, no se sabe si el santo, efectivamente existió. La primera en la frente. Se supone que fue uno de los tres mártires ejecutados por, no se sabe si, el Emperador romano, Claudio II, o su sucesor, Aureliano, alrededor del año 270 d.C. San Valentín habría sido un obispo que casaba, en la clandestinidad (cosa que ya tiene su toque de romanticismo), a los soldados romanos. En la época, un soldado se casaba con las armas de Roma y no más. El amor humano se consideraba un estorbo y, el matrimonio, traición. 

De ahí que Valentín, valientemente, daba a los soldados (doblemente valientes, por ser soldados y por optar por el matrimonio), la posibilidad de formar una familia, saltándose la ley –nunca mejor dicho– alegremente. Al parecer, se llegó a conocer lo que Valentín hacía por los enamorados militantes que, por militares, estaban condenados a privarse de mujer e hijos y lo apresaron. Lo acusaron de ser cómplice de incumplir los mandatos del emperador y de profesar la fe cristiana. Se supone que lo ejecutaron un 14 de febrero, después de negarse a renunciar al cristianismo. 

En 1969 se retiró a San Valentín del santoral, pero, para entonces, ya la fiesta se había secularizado y siguió celebrándose al margen del bueno de Valentín de Recia, tal como se celebra hoy. Después de conocer la historia, pienso que más que el patrón de los enamorados, le pega más serlo de los casados por convicción, los partidarios del yo contigo para siempre, incluso si las circunstancias lo ponen muy difícil. Yo, por lo que he visto, el matrimonio es una institución maravillosa, pero que requiere no poca valentía y perseverancia, ambas hijas directas de la virtud de la fortaleza.  

Así que, aunque ya no esté en el santoral,  yo ya veo la fiesta con otros ojos. Que sea el patrono de los que se enamoran, con el compromiso de llegar juntos mucho más allá del enamoramiento, me parece fantástico. Y en los tiempos que corren, este santo tiene mucho trabajo, más que casando parejas, intercediendo porque se mantengan así, fieles a su compromiso y luchando, como aquellos soldados, por ahondar en el amor conyugal, en el valor de la familia y la alegría que emana de un hogar, en el que la brasa nunca se apaga. 

De modo que, con estos matices, ¡feliz día de San Valentín a todos!


viernes, 12 de febrero de 2021

Mentiras, pero de las buenas

 

Leía en estos días a McEwan, En las nubes. He pasado muy buenos ratos dejando que me engañe. La literatura es la cara amable de la "mentira"; ese juego de engaños entre el escritor y su imaginación al que, luego, se une entusiasmado el lector. Ambos comparten un mundo de mentiras que, al menos durante un tiempo, les acerca.  Quizá esa sea la gran diferencia entre las mentiras malas y las buenas. Las malas rompen la posibilidad de compartir y siempre,  separan y dividen, sin excepción. 

Esa clase peculiar de mentiras, las ficciones, que nos ofrecen las buenas historias, unen de muchas maneras. Nos unen a la comunidad de lectores, nos unen a la vida -que es, según Aritóteles– la base de la poética, porque las mejores historias son las que imitan la vida de manera verosímil. Nos unen a nosotros mismos, con nuestras luces y sombras, esas que resaltan en una lectura, –porque nos identificamos con personajes, situaciones o acciones– que nos hacen cosquillas o nos aguijonean. Vamos andando, en paralelo por el curso de la trama y por el curso de la vida, hasta que se cruzan y se entrecruzan, haciendo más ancho el camino por el que discurren nuestras andaduras. 

Stephen King lo resume en un frase redonda: "La ficción es la verdad, dentro de la mentira". La ficción nos propone un juego que empieza como muchos juegos de niños: vamos a imaginarnos que... Al abrir un libro, nos disponemos a imaginarnos que, el mundo en que me introduciré, es verdadero. Y a partir de allí, nuestra experiencia de vida se alarga, se ensancha, se hace más profunda y se hace más rica en perspectivas y experiencias imprevistas. 

La única situación en la que somos felices de que nos engañen, es cuando nos miente un buen escritor, con la verdad de sus ficciones. 

martes, 9 de febrero de 2021

Los libros son maestros, en otro sentido.


Es un lugar común hablar de los libros como maestros y se señala toda la sabiduría que contienen. El libro como contenedor de palabras sabias, de conocimiento, de historias que enriquecen la propia experiencia de la vida. Poco se habla de las lecciones que nos da la humildad de los libros. Esperan, quietos, en la estantería, como el arquetipo de la paciencia. Siempre dispuestos a compartir, a abrirse del todo sin guardarse la sabiduría, el buen humor, la historia, la frase, la anécdota, el verso. Siempre compañeros. Los libros son, en sí,  el modelo más exigente para los propios escritores. Y son también el reclamo más elocuente. La quietud, y el polvo acumulado, son la materialización de nuestra irrevocable pereza.

Cocinando

Hoy he querido caramelizar unas nueces y se han quemado. Cada vez me gusta más la cocina, sobre todo porque allí no hay engaño posible. Cada...